Ni siquiera soy una cara bonita

6.25.2011

Songs from stones

Era parte de una gran roca que fue golpeada con el mazo por algún sujeto, desprendiéndome de aquella inevitablemente y sin poder despedirme. Fui a dar a la banqueta caliente y sucia, llena de polvo y apestosa a orina de perro, a unos metros de la estructura a la que había pertenecido por tanto tiempo y que ahora parecía tan poco. Y ahí estaba yo, tirada bajo el sol, quemándome y lanzando maldiciones que nadie escuchaba. Le gritaba de todo al sujeto que me había alejado de mi roca cuando un chico me llevó en la suela de sus bonitos converse, tan limpios, tan rojos, tan perfectos que no merecían pasar por una acera tan hedionda. Quedé clavada por sólo dos minutos, me desprendí en la esquina, cuando él dio vuelta hacia la izquierda, y fui a dar al asfalto, aún más caliente que la acera. Los autos me pasaban a un lado y yo sólo pedía que no me aplastarán, no quería encajarme en alguna llanta y alejarme más... la verdad siempre he temido a experiencias desconocidas, no me importa si terminan en sucesos felices y llenos de dicha, me aterra que las cosas vayan de mal a peor. Y por la experiencia, he de decir que las cosas han empeorado. ¿Por qué tenía que desprenderme de mi roca? No lo sé. Tampoco sabía si un auto podría desintegrarme, no quiero averiguarlo porque, aunque me quejo de haber sido apartada de mi hábitat no deseo morir, a pesar de que maldije y de haberme achicharrado bajo el sol no deseo desaparecer, todavía no. No me quiero ir, quiero esperar a que el chico de los zapatos rojos pase por aquí una vez más y me lleve con él, quiero conocer su casa y a sus padres, acompañarlo a donde sea que vaya.

Han pasado ya tres horas y el chico no vuelve, ojalá que lo haga, he hecho tantas cosas por él. Por ejemplo, hace rato un rubio se me acercó en su patineta y yo me hice a un lado. Pude haberme trepado en alguna de las cuatro ruedas y no lo hice, porque tenía al chico de los zapatos rojos en la cabeza. También pude haberme ido con ese hombre que se parecía a Gregory Peck, ¡Gregory Peck! ¡Y mírame, sigo esperando por ese chico con zapatos bonitos! Seguro me habría ido bien con míster Peck, pero no puedo quitarme de la cabeza al que me llevara por dos minutos. Y cuando la lluvia llegó, me acerqué al césped para que el agua no me llevara lejos. No puedes decir que no te adoro, chico de suelas limpias. No puedes.

Qué complicado es esto del amor. Ojalá me hubieran dejado en mi roca.

6.21.2011

Siete millones de cosas que me cagan la madre

El orden se dio conforme se me ocurrían las cosas. Sé lo que se están preguntando «y a ti, ¿quién te preguntó?» Pues nadie, pero imaginaré que me lo preguntó Nelson Mandela en uno de mis episodios oníricos post-drinks.

1. Que me pregunten cuántos cigarros me fumo al día.
2. Que me pregunten cuándo pienso dejar de fumar.
3. Que se pierda la conexión a Internet.
4. Que me cancelen una salida.
5. La gente que habla en el cine.
6. Niños en el cine, en películas que no son clasificación A o AA.
7. La gente que va al cine, en general.
8. Las muestras públicas de afecto marca SEGUNDA BASE.
9. Gente que relata su vida en tres segundos.
10. Que vivan para hablar mal de sus exparejas.
11. Vivir lejos de todaspartes.
12. La gente que no cede el asiento en el transporte público.
13. Las personas que GRITAN CUANDO HABLAN POR TELÉFONOOOOOOOOOOOO.
14. Perder un calcetín.
15. Que me quieran manosear cuando estoy viendo una película.
16. Le3r coz4zz ezkritAz ashiiii.
17. La gente que intenta leer por encima de mi hombro el libro que estoy leyendo.
18. Los piropos (seriously, mejor reciten la peor rima de Antonio Machado).
19. La crema de habas.
20. Que digan que Ringo Starr apesta.
21. Hablar por teléfono más de 10 minutos.
22. Novios que necesitan verte TODOS LOS PINCHES DÍAS.
23. Novios que necesitan llamarte CADA PINCHE MEDIA HORA.
24. Mujeres que van al baño en grupitos.
25. Mujeres que tardan media hora en el baño.
26. Que pierda el Liverpool.
27. Que el Mundial sea cada cuatro años.
28. Que escriban mal mi nombre o lo cambien por otro.
29. Que escupan en las banquetas.
30. Que escupan, en general.
31. Los números pares.
32. La gente que habla y habla y habla y habla y habla...
33. Compañeros de escuela que parafrasean al profesor / al autor / a otro compañero pendejo y creen que han descubierto el hilo negro.
34. Profesores que hacen que el alumnado imparta los temas del curso por medio de estúpidas exposiciones.
35. Bob Esponja.
36. Ir a la Iglesia.
37. El café quemado.
38. Chicos que creen sexy hablar de sexo todo el día.
39. El calor.
40. Que me hagan elegir un Beatle favorito.
41. La música trova (¿se le dice así?)
42. Ganas de hacer pipí.
43. Lars von Trier.
44. Llorar en espacios públicos (otro día les cuento la historia de las lágrimas que he derramado por las calles de la ciudad).
45. Leer las letras pequeñas.
46. Que me pidan consejos.
47. Dar consejos.
48. Seguir consejos.
49. Dar consejos que nunca he seguido y que prefiero me corten los dos brazos y me saquen los tres ojos antes de hacerlo.
50. [Quedarme en blanco]
51. Otra vez tener ganas de hacer pipí cuando fui a hacer pipí hace 9 puntos.





Cosas de las que siempre me quejo pero que no me molestan tanto:
  1. La impuntualidad.
  2. Que se coman MIS ALIMENTOS.
  3. El fútbol mexicano.
  4. El chayote.
  5. Tarantino. Bueno no, Tarantino sí me caga, pero así serían 52 puntos y me cagan los números pares, ¿ven? Pinchesmamadas.

6.18.2011

La niña con el pijama de rayas


Hace unos días fui con mis padres a una tienda departamental para comprar algunas cosas necesarias. Nunca compramos ropa en esa tienda, pero yo quería unos calcetines negros. Resulta que en todas las tiendas en las que venden exclusivamente ropa ofrecen vestidos increíblemente bonitos, pantalones increíblemente caros, camisetas geniales y estampados que blah, blah, blah, blah... pero nunca venden calcetines completamente negros.

Después de caminar un poco, hallé los calcetines negrísimos que necesitaba desde 1992. Encontré a mis padres y nos dirigíamos a la caja cuando alguien (no recuerdo si fue mi hermana o mi mamá) vio unos pantalones para dormir de los Beatles. Oh la-lá, había dos modelos y escogí uno. De pronto vi que estaba en la sección de ropa para hombres y gruñí como un gato. Minutos antes había visto pijamas rosas y ridículos en la ropa de mujeres, PUAJ. Los hombres siempre tienen los mejores pijamas, los de los Beatles. También compré una camiseta-de-pijama con un submarino amarillo que no quiso ser fotografiada.


Recuerdo una época en la que me enamoré de un chico que sólo usaba camisetas de bandas. Tenía la colección más grande que he visto en mi vida, seguro nunca había escuchado el famoso disco del famoso plátano -or- The Velvet Underground & Nico ni a Television, pero sus camisetas eran fabulosas.

Ahora siempre iré a la sección de hombres a ver si consigo algo bonito. Si ustedes vieran los cursis diseños que suele haber en la ropa femenina harían lo mismo. Por ejemplo:




A la izquierda una canción de los Beatles transformada en una fofa playera amarilla. A la derecha la hermosa y típica camiseta Sex Pistoleana.

No hay derecho, señores. No lo hay.


PD: Lamento decepcionarlos si esperaban una fantástica historia sobre el holocausto,
una reseña del libro o la película o algo parecido.
I'm sorry, me pareció un buen título
y lo robé.

6.15.2011

Wake Up Little Susie.

A veces me preguntan quién es mi mejor amigo y les digo que nadie. No tengo un mejor amigo. Tampoco soy autista o sociópata, conozco a mucha gente y suelo salir y divertirme a su lado, suelo ir a casa de I... a comer, al cine con E... o a beber con mis compañeros de diferentes épocas escolares. Pero no tengo un mejor amigo. Tengo una hermana menor que ocupa ese lugar, creo.

Me he dado cuenta de que mis padres tampoco tienen amigos. Tenemos teléfono en casa porque es necesario, para ciertos trámites e instituciones es vital poder comunicarse con uno. También llaman miembros de la familia para visitarnos, al menos 3 veces al año. Y Sólo en ocasiones llama un amigo de mis padres, ni siquiera conozco sus nombres.

Ahora mi papá asiste a un grupo de estudio y se reúne con ellos una vez por semana, pero no suelen verse para algo más. Mi mamá nunca sale y sólo en ocasiones recibe llamadas, ella nunca llama a nadie a menos que alguien haya llamado previamente para pedirle que le llamara (?)

Hoy escuchaba una canción cuando mi madre volteó y me pidió que subiera el volumen. Al terminarse me dijo que Memo, amigo de mi padre, se la cantaba allá por los años ochenta siempre que la veía, pues la canción lleva su nombre. La cantaba completa. Y no sólo la cantaba, también la bailaba. Memo parecía un chico cool, pero no me hagan caso, me estoy dejando llevar por los recuerdos de mi madre.

¿Qué pasó con Memo, mamá?
Murió. Chocó y se mató.
Qué mal.

Me contó que ella era amiga de todos los amigos de mi papá porque pasaban MUCHÍSIMO tiempo juntos (mis padres fueron novios por diez años antes de casarse. De flojera, esa historia no se las contaré). Y así conecté los cables: todos los amigos de mis padres está muertos, casi todos por drogadictos, alcohólicos y etcéteras. A veces pasamos por avenidas de la ciudad y papá me dice que allí vivía TAL y se murió de TAL en el OCHENTAYTANTOS. Y que allá vivía NOSEQUIÉN y que lo último que supo es que estaba en un psiquiátrico porque se volvió loco por tanta droga. Y a FULANO, que vivía en el edificio de allá, lo mataron porque lo agarraron robando en una casa. Cosas así.

Creo que tendré que llamar a E... antes de que uno de nosotros se muera de cáncer. O de apatía.

Acá la canción que Memo le cantaba-y-bailaba a mi mamá:


6.12.2011

A Dream Within A Dream o "A veces escucho a Chet Baker para acordarme de ti..."


Hace tres noches soñé que nos casábamos.
Nunca nos hemos visto.
Lo sé.


¿Qué pasaba?
Mi papá te hacía preguntas, porque no te conocía.
¿Y cómo me fue?
No lo sé, yo no estaba ahí.
¿Y cómo sabes que me hacía preguntas si no estabas con nosotros?
Así son todos los papás.
Tu papá es como todos, entonces.
Ya serás papá y serás como todos esos.
¿Teníamos hijos?
No lo sé, desperté antes.


¿Cuándo nos casábamos?
No lo sé.
¿De día?
No sé.
¿Aquí?
Ni idea.
¿Hacía frío? ¿Era verano? ¿Fin de semana? ¿Éramos viejos?
No sé. No había tiempo.


¿Teníamos auto?
Sí.
¿Tenía estéreo?
Claro.
¿Qué escuchábamos?
De todo, casi siempre jazz.
¿De qué color era nuestro auto?
Plata.
Odias ese color.


¿Te gustó?
¿Con acento en la o?
Sí. Y no.
Sí. Y sí.
Pero fue un sueño.
Sí.
Sólo un sueño.
Ya lo sé.
Lástima.

6.09.2011

Ciento veintiséis

Tardé 20 minutos en coger el autobús que me llevaría a la biblioteca para que el chofer decidiera quedarse a media ruta. Ahora tendría que ir primero a la escuela y eso me hacía perder más tiempo, esperaba devolver antes los libros que había sacado la semana pasada. Qué mañana más insufrible.

Además tenía miedo. Me había comportado muy mal en esa clase, fui tan irresponsable durante el semestre... y era una de las más importantes de la carrera, al menos eso creo yo. Un taller de titulación debe ser importante. Y más con el profesor importante que lo impartía. Importantísimo. Me imaginé sentada delante de su escritorio mientras él revisaba mi proyecto de investigación y me decía que era una mierda porque no cumplí con las reuniones acordadas para que me asesorara. Una mierda. Irresponsable. Qué horror. Y yo atorada en ese autobús que sólo recorrería media ruta.

Pero mientras estaba ahí, de pie, junto a una viejecilla divertidísima que le contaba a su amiga que había dejado la sopa en el fuego y ni al perro le gusta quemada, miré por la ventana. Esa avenida está llena de librerías, cafeterías y galerías de cacharros. Hace tiempo que no tomo un café en una de esas mesas bonitas mientras leo algo, debería de hacerlo un día de estos.

Llegué a la escuela, recogí mi trabajo y mi calificación. No fue tan mal como pensaba, el profesor me regañó por mi irresponsabilidad pero decidió pornerme la nota máxima porque redacto muy bien y mi trabajo le parece interesante. Jo, qué maravilla, mi ego no se había elevado hasta la estratósfera desde hacía años. De mejor humor, fui a la biblioteca a devolver una novela española que no me fascinó y una de Salinger, fantástica, que había terminado de leer en la mañana. Decidí sacar otra cosa de Salinger, Franny & Zooey y algo de Gógol.

Y volví a la avenida de librerías y cacharros. Tenía cien pesos conmigo, sólo cien, que pensaba gastar en una botella de vino corriente para emborracharme el fin de semana. Al final decidí entrar a Gandhi y ver si podría comprar algún libro. Al consultar los precios descubrí que tenía dos opciones: podía comprar un póster de 80 pesos o alguna de esas impresiones en papel feo con arial 12. Libros que ni quería leer. Mñé.

Salí decidida a entrar a un Oxxo, comprar una botella y ahogarme en mi pobreza, pero encontré una tienda de libros usados. Un señor limpiaba las estanterías mientras la chica del mostrador hablaba por teléfono, además de ellos no había alguien más. Decidí entrar y pescar algo.

Las aventuras de Tom Sawyer, en diferentes precios, ediciones, colores, tamaños... no lo he leído pero decidí no comprarlo, no tenía ganas de eso, sea lo que sea. Pero tampoco sabía qué quería comprar. La señorita del mostrador salió de ahí y se me acercó sin preguntarme nada. Me da una pena terrible que alguien se ofrezca a ayudarme, porque siempre acepto pero hago que lo lamente; sin querer, por supuesto. Estoy segura de que le habría pedido que bajara algunos libros que no estaban a mi alcance, ella lo habría hecho y al final no los compraría por alguna estúpida razón. Tampoco quería preguntarle si tenía alguna obra de un autor específico porque podría recomendarme a otros que no me interesarían y terminaría comprando por no quedar mal. Me imaginé yendo a casa con Tom Sawyer en mi bolsa. No.

Tardé hora y media en recorrer la tienda, en ese tiempo sólo vi cinco clientes. Seguro las librerías cercanas, Gandhi, El sótano y FCE, estaban llenas de gente que tiene más de cien pesos en el bolsillo del pantalón, probablemente no llevarían el dinero en el pantalón, tendrían una cartera. Compré cuatro libros. Uno de ellos lo había sacado hacía dos horas de la biblioteca, de haber sabido habría elegido otra cosa de Gógol. Ahora tengo en casa algo de Chéjov, Quiroga, Maupassant y (¡TA-DÁ!) Gógol. Cuatro libros por ciento veintiséis pesos.

Tuve que caminar mucho por haber gastado diez pesos que estaban destinados al transporte, pero qué más da, me llevé cuatro libros conmigo. Qué bolsa más pesada.

- - -

Nueve horas después descubrí que Franny and Zooey no debía salir de la biblioteca. No, no entienden, SÍ quiero leerlo, ya lo comencé y me encanta, pero NO DEBÍA SALIR. Al parecer ese ejemplar debe permanecer en la biblioteca por siempre y no me di cuenta. Me amonestarán la próxima semana, sólo se me ocurre decirle a don bibliotecario "¿ya ve cómo sí salió? ¡Ya hasta regresó!". No sé cómo no me di cuenta, lo dice en todos lados...

Mñé, en fin...

6.07.2011

Las horas

Una tarde decidí salir por la puerta pequeña de la secundaria técnica a la que asistía. Lo decidí porque llevaba conmigo un ramo de flores amarillas y el cabello alborotado, no quería que mis compañeros me vieran con flores e hicieran preguntas. El sol quemaba, mi mochila pesaba más que yo y Angélica, mi mejor amiga, aún no salía. Siempre esperaba a Angélica para caminar juntas, sin importar que ella viviera en otra colonia. Me senté en la banqueta y dejé las flores a un lado, no me importaba si las pisaban un poco. 

De pronto se me acercó Gabriela, la chica más popular de mi grupo, una de las más populares de la escuela. En esa época no entendía porqué los chicos se fijaban en ella: era feona de cara, usaba frenillos, tenía nariz de cotorro, la voz chillona y era medio estúpida. Ahora lo comprendo: tenía senos; pocas niñas de 12 años tenían senos 34 C. Gabriela no era mi amiga, me hablaba sólo cuando teníamos que trabajar en equipo o para pedir mis notas en tiempos de exámenes. No era mi amiga.

Entonces, ¿ya andas con Dani? —me preguntó, mientras se sentaba a mi lado.
—No. No sé. Creo que no.
—¡¿QUÉ?! ¡Pero si yo los vi hablando antes del receso y los vi juntos en el tiempo libre.
—Sí, pero no.
—¿Por qué no?
—Daniel es un tipo raro.

Y lo era. Habíamos estado juntos ya un año, ahora cursábamos segundo y también estábamos en el mismo grupo, y así sería el año entrante. En mi secundaria los grupos siempre eran fijos y sin posibilidad de cambio, los 30 alumnos del grupo F compartíamos todas las clases, talleres y actividades artísticas, a menos que alguien reprobara, ese alumno casi siempre era expulsado. Daniel era uno de los pocos hombres en mi salón, porque a los hombres no les gusta tomar secretariado; eso es para nenas y unos cuantos valientes que no quieren cursar carpintería ni electricidad. Y Daniel estaba ahí. Y era raro, rarísimo. Era moreno, muy moreno, con los ojos pequeños y un poco rasgados, delgado y de estatura media. Y un ñoñazo, siempre participaba, siempre aprobaba los exámenes con las mejores calificaciones, todos los profesores le adoraban tanto como a mí, la otra nerd. Pensándolo bien, a mí no me adoraban los profesores, porque era muy escandalosa y discutía con ellos. Escuincla irreverente. Y Daniel también tenía los dientes blancos, blanquísimos, y los colmillos de fuera. Parecía vampiro. Y su risa era horrible, reía como idiota, jadeaba un poco. Era raro. Aún recuerdo nuestra primera conversación.

—Tú te llamas DARA.
—Sí. ¿Y tú?
—Daniel. Ibas en la primaria de al lado, en las mañanas.
—¡Ajá! ¿Tú también?
—Sí, pero en la tarde. Te vi en sexto año, te sentabas en la última fila, junto a la ventana. Compartías mesa con un chico pecoso.
—Con Omar, sí. ¿Cómo sabes?
—Porque yo te veía, yo tomaba inglés en ese salón, una hora después de que terminaban tus clases, pero siempre llegaba antes.
—¿Por qué?
—Por nada... También te vi en quinto, algunas veces, pero no sabía en qué grupo estabas.
—Ah... en el B, siempre fui en el B.
—Ah. Siempre me sentaba en tu banca.
—¿Sí?
—¡SÍ! Tengo todos los sacapuntas que olvidabas, eres muy olvidadiza.
—Ah, jeje, sí, un poco. Este, te veo luego, ¿vale?

Y siempre procuré que ese luego nunca llegara. No me gustaba hablar con Daniel, no me gustaba que me viera, y muchas veces lo sorprendí haciéndolo. Es alagador que un chico mire a una chica, no me malinterpreten, pero no me gustaba cómo lo hacía Daniel. Y cuando notaba que yo lo miraba mirarme se reía, con esa risa idiota que me molestaba. Y no dejaba de mirarme.

—Dani es un chico lindo.
—Si es tan lindo sal tú con él—le dije a Gabriela. Ella me miró sorprendida, no estaba acostumbrada a que la gente le contestara de golpe.
—Pero él te quiere a ti. Le gustas desde uuuuuuuuuuuuhhhhhh...
—Ya va, tú también le gustas, todo el salón lo sabe. Hasta tú.
—Qué va.
—Mjm.
—Además las flores las traes tú, te pidió a ti que anduvieran.
—(Porque tú eres una perra que lastima a todos los chicos) Pues, sí...
Qué lindo, pocos regalan flores cuando te piden ser su novia.
—Quédatelas.
—¿Qué cosa?
—Las flores, llévatelas.
—¿Por qué? ¿Te regañan en tu casa si te ven con flores?
—Claro que no, no seas tonta. Pero no las quiero.
—¡¿Qué?! ¡Pero si te las dio Dani!
—No me gustan las flores.
—¿Por qué? ¿Estás loca?
—No tengo un jarrón para ponerlas.

Recuerdo que fue en la clase de física. Daniel volvía a mirarme y Angélica lo mandó a la verga. Era la única chica tan grosera como yo. Y Daniel la odiaba poquito. Pero estábamos en física y de pronto Laura me pasó un papelito. Bueno, no era un papelito, era media cuartilla de cuaderno tamaño carta. "¿Cómo estás?" decía la bonita letra de Daniel. Tenía letra bonita, hasta eso. "Bien" le respondí y se la envié de vuelta. Después de media hora la hoja estaba casi llena y decía prácticamente nada. Y yo sabía en qué iba a terminar eso y trataba de desviar el tema. 

Finalmente, Daniel me dijo que me veía bonita, lo que era gracioso, muy gracioso, porque una hora antes tuvimos clase de deportes, así que estaba roja, despeinada y apestaba. Y lo supuse todo, todo encajaba: las flores debajo de su silla, el perro de peluche debajo de la de su mejor amigo, el perfume de su papá en su suéter café. TODO. Y no sabía qué hacer. Y Angélica se reía. Y ya todo el salón sabía de qué iba la cosa (Daniel habría sido un buen periodista, tenía esa habilidad de contar todo a todos en breve y un salón lleno de mujeres es el caldo de cultivo perfecto para que corran los chismes). Llego el momento, leí "¿quieres ser mi novia?" y no supe decir que no. Aproveché que la maestra de física era medio sonza para salir del salón sin que lo notara. Corrí al baño y me paré junto a los lavamanos a esperar a Angélica. Me lavé las manos y salpiqué un poco la misiva, ahora de amor, que me había enviado con Daniel. Llegó Angélica acompañada de Laura, Fanny y Susana.

—Wey, ¿Qué pedo?
—No sé, Angélica, ¡no sé!, mira —le pasé la hoja con la letra de Daniel. Mis cuatro amigas la leyeron.
—Ay, qué lindo—dijo Fany.
—Qué marica, ¿por qué no se lo dice en su cara?—dijo Angélica.
—Alamejor le da pena, es bien penoso—lo defendió Susana.
—Dile que sí—dijo Fany, opinión que apoyaron Laura y Susana.
—¿Te gusta?—Angélica debió ser "interrogadora" de la CIA o algo.
—No sé. A veces es lindo, y siempre baila conmigo en danza, pero es que es BIEN RARO.
—Pues ya dile que sí, si después no sale bien cortan y ya—dijo Laura, la única experta en el tema. Ninguna había salido con un chico, exceptuándola, era la más bonita del salón con su largo cabello rubio, sus ojos color miel, su piel blanquísima, alta, flaquita, nariz recta...
—Van a tener hijos con dientes de chupacabras —dijo Angélica, mientras se arreglaba el pelo.
—O con ojos de rayita —se burló Susana.
—O peor, hijos CON DANIEL.
—Ya, pendejas.

Le escribí a Daniel que lo pensaría, hablamos de muchas cosas en el receso y me dio flores y un perro de peluche. Un perro. Yo quería un gato. Al final quiso acompañarme a casa pero le dije que llevaría a Angélica a la suya y que tendría que ser otro día. De todos modos no soltó mi mano hasta que decidí huir por la puerta chiquita. Y ahora tenía a Gabriela hablándome de amor. Pinche vieja, ni que fuera mi amiga.

—Creo que es un chico lindo y atento.
—Ahmm.
—Se ven bien juntos.
—Dos feos dan un guapo o algo así, no sé.

Y Angélica llegó. Angélica siempre llegaba para salvarme. Mi heroína. Le puso caras a Gabriela y le quitó las flores que había recogido para sentarse a mi lado.

—¿Y esa qué?—me preguntó cuando nos alejamos de Gabriela.
—Quería saber qué onda con Daniel.
—Cuidadito y te lo baja.
—Mñé.
—Oye, no vayas a tener hijos con Daniel.
—Vete a la verga.

Al llegar a casa le di el peluche a mi hermana y las flores a mi mamá. No pensé en Daniel durante toda la tarde, hasta que su mejor amigo me llamó para hablar de tarea. Ni hablamos de Daniel, era él quien me gustaba. Ahora yo era una Gabriela y como no me gusté ni me crecieron los pechos, decidí hablar claro con Daniel al día siguiente. Bueno, ni tan claro, le di muchos motivos por los que no deberíamos ser novios pero omitiendo que su mejor amigo me gustaba, "estoy confundida", "no estoy lista para salir con chicos", "estoy ocupada por las tardes", "mi amor está con la patria". Lo nuestro duró unas siete horas y nada más.

Querido Daniel, si algún día lees esto, quiero que sepas que no quise lastimarte. Y que quiero mis sacapuntas de vuelta.

6.05.2011

Dibujos

Hoy mi sobrino hizo su primer dibujo, una obra maestra. Ese niño será grande, les digo; en primera porque es mi sobrino y en segunda porque sus genes paternos le aseguran por lo menos 1.85 de estatura.

Al mismo tiempo, mi hermana demostró ser un asco para esto del arte, pero al menos mi pequeño sobrino pudo descifrar los nombres de cada cosa que ella dibujó, exceptuando la flor. Ella tiene la culpa por hacer flores tan feas.

Aquí sus obras, por un lado tenemos al pequeño abstracto y por el otro a mi hermana... la psicóloga que plasmó un test de Holtzman con rasgos naturalistas.


PD: Ignoren la publicidad.

6.03.2011

El onceavo

Otro pinche wey se sube al camión y te cuenta que salió, apenitas, quizá hace una hora, del reclusorio de nosédónde porque lo cacharon poniéndole solución al octavo o noveno o décimo mandamiento, el que dice que no envidies al prójimo; lo encontraron practicando a la inversa el quinto o sexto o séptimo, quizá hasta sea el mismo, el de no robarás y pum, lo metieron al tambo. Pero te dice que no te quiere atracar, que es bandita, que quiere unos pesitos a la buena. Sin embargo no cofías en la Santa Muerte de tinta azul y corriente que trae rayoneada en el brazo derecho y que te mira allí, donde tienes el dinero. Pinche Santa Muerte con vista de rayos x. Y todos le dan un peso, dos, algún aterrado compañero de viaje le suelta cinco. Y los miras a todos cooperar para la pistola que se va a comprar dentro de quince días, todos aflojan menos tú. No vas a darle ni un centavo, con un peso que te falte el próximo micro no te lleva hasta tu casa, y ni madres que vas a caminar 30 calles por un huevón como ése. Huevón y ladrón. Culero, que se ponga a trabajar en lugar de intimidar al prójimo. Ese sí debería ser un mandamiento, "no intimidarás a la bandita".